Del “costumer journey” al “costumer engagement”

Como si del viaje de Ítaca se tratara, lo que importa en primer lugar dentro de la arquitectura necesaria para poner las bases de la transformación digital es trazar y entender el viaje que hace el cliente, esto es, el “costumer journey”, Tras su análisis estamos ya en condiciones de plantear y desarrollar el “costumer engagement”, que podríamos entender como la zona estable de las relaciones de la marca con las personas.

El estudio del viaje que realiza el cliente nos dará las pistas suficientes para enfocar nuestras interacciones con él en el largo plazo.  Este proceso se fija una vez hemos aclarado cuestiones de por qué, para qué y cómo el cliente establece vínculos con nosotros. En el “costumer journey” comprobamos las pistas que deja y en el “costumer engagement”, podemos contar ya con la suficiente experiencia para levantar la arquitectura digital.

Los medios digitales tienen la facilidad en su propia esencia de promover el tránsito entre el costumer journey y la fase del engagement. Pero es más, el sentido que tiene lo digital es que su funcionamiento más cabal se tiene que habilitar para que los proyectos de transformación digital valgan para algo. Es decir, evitar situaciones como las que se dan en organizaciones que si apuestan por una línea de desarrollo de innovación de su actividad, pero sin cambiar la filosofía de su trabajo que está anclado en la visión industrial.

La arquitectura digital tiene dos pilares fundamentales. Por una parte la tecnología y por otra el negocio. En ambos apartados, es determinante la influencia de las personas de la empresa en la que estamos desarrollando el proyecto de transformación digital. Los empleados y la dirección representan la dimensión humana que sostiene y puede llevar a buen puerto nuestro propósito de cambio digital.

Hasta la fecha, el divorcio entre la tecnología y la visión de negocio era patente. Con la transformación digital, esa separación es poco menos que imposible. Es muy recomendable avanzar en un enfoque conjunto, dentro de la misma empresa que se base en: criterios y medios compartidos con el fin de alcanzar unos resultados que son de todos al fin y al cabo.

En resumidas cuentas, de lo que se trata es de conocer bien al cliente, bien en la fase del viaje, bien en la parte de interacción, que es la que más interesa. Es para lo que se utilizan herramientas y procesos como la analítica de datos, el big data, la inteligencia artificial o el machine learning. Trasplantado a una organización tan avanzada como Amazon, estos instrumentos se orquestan desde el enfoque del mejor servicio al cliente con claras consecuencias en el trabajo de los empleados de esta multinacional. Un hecho que se detalla a la perfección en este post de Microsiervos.

La visión y la misión de la transformación digital, a pesar de lo que pueda pensar mucha gente, jamás recae en las máquinas por muy automatizadas que estén y muchas tareas que realicen. Mientras que no se demuestre lo contrario, la base de la generación y desarrollo de los cambios digitales tienen que ver más bien con las personas. Tanto las de dentro (los miembros de la plantilla) como los de afuera (los clientes). Para acompasar bien entre los distintos elementos que se tienen que coordinar en la nueva empresa que nace tras la transformación digital, hay que tener un hilo conductor que liga lo de afuera con lo de dentro, tanto sean personas como instrumentos o procesos, algo que puede llevarse a cabo a través del storytelling.

 

 

La transformación digital es un producto invisible para el cliente

La transformación digital enfocada desde el punto de vista del cliente, es un servicio del que muy probablemente, el cliente mismo, no sea muy consciente. Cuando una persona se interrelaciona con una empresa a la que acude para adquirirle algo, se suele encontrar con una parte tangible (un coche o cualquier objeto) y otra intangible, que sería el trato que dispensan al cliente las personas que trabajan para la Primerempresa.

Pongamos un caso teórico de cualquier empresa que ya haya empezado a desarrollar un proceso de transformación digital potente, como por ejemplo un banco, dado que el sector de la banca es uno de los que mejor han desarrollado y concretado la innovación digital. Si desmenuzamos tareas, procesos y herramientas, podemos comprobar, qué y cómo funciona la transformación digital, vista desde la perspectiva del cliente. Es decir la transformación digital como producto.

La web y la presencia de la empresa en las redes sociales representan una parte muy importante que tiene que ver con  la relación de los clientes y la transformación digital, aunque ellos no entiendan y ni tan siquiera atisben que es tal cosa. Los sitios web y los perfiles en redes funcionan claramente como la puerta de entrada y el nexo de unión con las actividades de la empresa con su mercado.

Las principales operaciones de las entidades financieras las pueden realizar los clientes de forma online. Lo curioso de este hecho es que los usuarios del servicio lo consideren como un servicio cuando realmente lo que está pasando es que son los propios clientes los que efectúan muchas tareas que antes eran exclusivas de los empleados de la banca.  Lo que ocurre es que las ventajas que observan los clientes con respecto al control directo de sus finanzas, más la comodidad de hacer las operaciones desde su ordenador o móvil sin necesidad de ir a las oficinas bancarias, es más sugerente que mantener los mismos procedimientos de la banca analógica.

Técnicas profundas de analítica de datos para escudriñar los rastros que las personas vamos dejando en su navegación digital, permiten a las empresas conocer y entender su segmento de mercado de una forma individualizada. Y de ahí desarrollar campañas de marketing digital como fórmula cada vez más habitual de promoción de sus productos. Esto es especialmente potente en Amazon. Este procedimiento es una acción pasiva para los clientes y que, al mismo tiempo, representa una parte central de la transformación digital en tanto que producto que las personas consumen sin saberlo.

En la transformación digital las personas ocupan un papel fundamental. Los recursos humanos colaboran en la conformación del producto en la medida que se zambullen en el uso de herramientas digitales que le van a facilitar las cosas para llevar adelante su trabajo, repercutiendo positivamente para los clientes. Pensemos, por ejemplo, en las consultas de algunos médicos el sencillo procedimiento por el que se hacen recordatorios de las horas de las consultas a los pacientes a través de sus móviles. O cómo les pueden facilitar online informes de la evolución de un determinado tratamiento, o incluso realizar una consulta de manera digital.

Otros modos de colaborar en favorecer el buen servicio son las aplicaciones, que en el caso de la banca son muy útiles,. También hay que subrayar el papel de los asistentes virtuales, aunque estos últimos pueden llegar a ser engorrosos, como por ejemplo se detecta en las compañías de telecomunicaciones. En estas empresas los asistentes virtuales actúan a través de los teléfonos, intentando disminuir en lo posible el número de atenciones que tienen realizar los telefonistas, una vez que las respuestas grabadas son improductivas.

La ubicación del cliente en el centro de atención principal de la empresa digital, se justifica efectivamente en el sentido de que todos los apartados que confluyen en la arquitectura de la organización digital se enfocan en las conexiiones con los clientes. Las personas, los procesos y la tecnología tienen sentido en la transformación digital en tanto en cuanto se orientan a lograr la satisfacción de las personas. Ver de esta forma las cosas, es lo que le da sentido a tomar la perspectiva de la transformación digital como un producto a los ojos de los clientes, aunque ellos no lo vean de esa manera, y solo detecten un servicio.

Hay determinadas cosas que no cambian, o no lo hacen del todo. Las personas estamos satisfechas o no cuando compramos cosas en la medida que el objeto adquirido nos reafirme en los pensamientos iniciales que teníamos sobre él o se superen; pero siempre y cuando la experiencia/servicio en el acto de compra (online o analógica) nos satisfaga.

La transformación digital como producto de cara al cliente debe funcionar como un todo armónico, aunque haya aspectos que tengan más o menos protagonismo. De forma sutil, si hay algo que no se ajusta bien a una coordinación excelente, puede generar insatisfacción en las personas. Por eso el proceso comercial es más complejo y largo y tiene muchas aportaciones. Buscar el equilibrio adecuado, es una garantía para lograr esa armonía, lo que contribuirá al éxito del desarrollo de nuestra apuesta digital en la empresa.

 

 

A qué nos referimos cuando hablamos de la transformación digital. En breve

La Transformación Digital (TD) es la manera de definir el reto que tienen por delante las empresas y demás organizaciones a fin de desarrollar su trabajo y actividades de negocio en los entornos digitales que se han generado en los últimos años.  La base de cualquier proyecto de TD es sin duda tecnológica, pero no exclusivamente. Las empresas tienen que introducir nuevas herramientas digitales para atender mejor a sus clientes, los cuales están inmersos en una sociedad que ha asumido nuevos comportamientos derivados especialmente del uso intensivo de las redes sociales.

La puesta en marcha de tecnologías digitales ambiciona el recorte de costes en primer término, aunque cualquier apuesta de TD debe ser también estratégica con una visión puesta en el largo plazo.  Si la tecnología es básica en la TD, no podríamos entender ninguna iniciativa en este sentido sin tener en cuenta a las personas. No es posible desarrollar un proyecto de este tipo sin ellas, pues son los verdaderos protagonistas. Involucrar a la gente en las ideas de cambio es una tarea prioritaria. Los objetivos deben ser compartidos.

La forma de organizarse de las personas en función de los flujos de trabajos y los procesos que se establecen con el uso de las nuevas tecnologías, es una ampliación obvia del desarrollo de la TD que hay que atender y ejecutar adecuadamente. Los organigramas se hacen más horizontales. Una consecuencia muy importante de la TD es la revisión del modelo de negocio, que puede variar al aparecer nuevos enfoques de la actividad productiva o de servicios que antes no tenían sentido. Las nuevas prestaciones tecnológicas brindan oportunidades que no existían.

En la arquitectura de la TD el cliente es el centro. Todo lo que hay que llevar a cabo en un proceso de cambio en los aspectos ya apuntados, se definen en función del enfoque del cliente: ¿qué es lo que quiere, cómo nos lo dice, qué consecuencias tiene en mi producto, y cómo lo introduzco en el mercado? Todo a una velocidad trepidante, lo que requiere respuestas ágiles por parte de la empresa.

Internet y las tecnologías digitales tienen una virtud: lo pueden medir todo. La capacidad de analizar los datos y reducirlos a pocos valores facilita la toma de decisiones. Es el poder del big data, una herramienta de enorme importancia. La TD nunca se acaba, dada la aparición permanente de nuevas tecnologías. La TD implica, aprender lo nuevo y desaprender lo viejo que no nos valga. El hecho patente es que vamos a trabajar de otro modo, asumiendo el inevitable cambio digital para sacar los mejores resultados y no quedarnos fuera de juego.

Las cuatro fases de la relación humano-máquina

Creo que la relación entre las máquinas y las personas es uno de los hechos que definen nuestras vidas, ahora más, aunque siempre ha sido algo muy importante. Poco a poco, con el paso del tiempo, estamos divisando lo que podríamos definir como una suerte de compenetración entre ambos extremos. Por una razón bien obvia: las máquinas cada vez tienen más capacidades que las personas no alcanzan, y aunque no hay sistema artificial que no haya sido planeado, programado y construido por los humanos, estamos en un tiempo en el que hay que generar una simbiosis pues la tecnología nos sobrepasa y debemos entendernos con ella.

Desde mi punto de vista, existen cuatro fases de la relación entre personas y máquinas que pueden orientarnos para entender un poco mejor lo que estamos viviendo en el momento presente:

  • Los humanos hacen y deciden
  • Los humanos consultan las máquinas para decidir
  • Los humanos y las máquinas se relacionan para trabajar juntos.
  • ¿Las máquinas deciden y los humanos obedecen?

La primera fase (los humanos hacen y deciden) va desde el origen de la especie humana hasta las últimas décadas que pusieron el punto y final al siglo XX. Durante ese casi infinito espacio de tiempo, siempre ha habido un denominador común: los seres humanos han estado al frente y cualquier tecnología, sistema de producción, artefacto o herramienta ha quedado supeditado a ellos. Pensemos, por ejemplo, en el descubrimiento de la agricultura o incluso en la Revolución Industrial. Nada en esos episodios fundamentales de la existencia escapaba a la dirección de los humanos salvo, en aquellos instantes en los que se chocaba y se choca con la Naturaleza. Pero cualquier obra humana estaba supeditada al control de los hombres y mujeres.

Segunda fase. De forma solapada, en pleno siglo XX, (y con precedentes sin duda de etapas anteriores) los seres humanos se han dotado de tecnología que les valen para analizar situaciones y posteriormente tomar decisiones. Por poner un ejemplo cotidiano, las investigaciones y desarrollos científicos consiguieron proyectar previsiones en relación con la climatología. Grandes corporaciones como por ejemplo IBM o la NASA consiguieron, con la involucración de un número importante de técnicos, realizar cálculos para dirigir los primeros viajes al espacio. Los cálculos matemáticos conectados a grandes bases de datos, facilitaban determinados trabajos pero con costes muy grandes en tiempo y dinero. Estos inicios, sin duda, han permitido evoluciones posteriores que han desembocado en las prestaciones actuales de la digitalización.

Tercera fase. Justamente, la etapa en la que se establecen relaciones constatables entre las máquinas y las personas es la actual. Si pensamos en cómo funciona la inteligencia artificial, lo primero que hay que tener en cuenta que este sistema está diseñado y desarrollado por los humanos, pero con una característica fundamental: las máquinas adquieren tal nivel de autonomía que pueden tomar decisiones por si solas. La inteligencia artificial, por ejemplo, avanza en el conocimiento de los sentimientos humanos. Algunos sistema pueden analizar millones y millones de fotos para identificar todos los estados de ánimo. Ese nivel de refinamiento solo es posible cuando la conexión humano-máquina es plena. Las personas, de momento, se aprovechan de los resultados que ofrece la inteligencia artificial para hacer más eficientes sus sistemas productivos.

Cuarta fase. La última fase pertenece al futuro, y de momento nos plantea interrogantes, que podríamos concentrar en dos básicas. Es posible que las máquinas adquieran tal pericia que su autonomía sea total. Su capacidad de analizar y decidir será tan grande que superará sin duda las capacidades de los humanos. ¿Será el momento entonces en el que nos tengamos que plegar a las máquinas? La otra alternativa, de un sesgo mucho más positivo: a pesar de las posibilidades de la tecnología y su independencia, siempre trabajará por y para los seres humanos por lo que tendríamos mucho tiempo libre que dedicaríamos al ocio…

La relación máquina-humano está en el punto más álgido de toda nuestra historia probablemente, pues nos situamos en un umbral interesante e inquietante a la vez en el que la tecnología que siempre ha estado a nuestro servicio, puede tomarnos la delantera. Es probable, no obstante, que para vivir esa situación, si es que se llega a producir, nos queda aún mucho tiempo. Es la primera vez que los seres humanos, además, tienen la capacidad de crear equiparándose al concepto de deidad que siempre se ha situado por encima de las personas. De momento estamos en una etapa en la que nos tenemos que entender con las máquinas que nosotros mismos diseñamos y fabricamos, lo que no es poco.

Lecturas para este post

El reto: lograr máquinas empáticas en una sociedad pasota

La transformación digital es una obligación para las empresas

 

 

 

 

 

Convertir los datos en acciones, mantra y escollo de la empresa digital

Conocer y conocer lo que nos dice el entorno y los clientes, es clave. De eso se trata cuando hablamos del ejercicio que debe realizar la empresa digital. La base sobre la que se asienta su marcha no es otra que el estudio de los datos que fluyen de manera incesante y que tratamos a través de las herramientas del big data. De forma sintética hablamos de convertir los datos en acciones. Conseguir su traducción en hechos concretos y en resultados positivos, es la gran panacea que persiguen los gestores que cuentan con un enfoque digital, que se encuentran muchos de ellos en estos momentos en un fase de reflexión casi permanente de los pasos a dar ante el panorama emergente de la transición digital. Pero veamos ahora varios apartados de la actividad de la empresa con la intención de entender mejor la idea de que lo que persigue la empresa digital es actuar en función de lo que dictan los datos.

Producto: nuestros clientes forman su opinión en función de lo que les ofrecemos, en nuestros productos o servicios por lo tanto. Para entender bien qué es lo que valoran nuestros clientes de lo que les ofrecemos, debemos prestar mucha atención a lo que nos dicen. La urgencia que se desata en los contextos de interacción, propios de la sociedad en una continua evolución de base tecnológica, nos coloca en la tesitura de que los productos nunca se pueden considerar como cerrados dada las alteraciones permanentes que se pueden suscitar a través del análisis de los datos.

Ventas: es más común de lo que pueda parecer que los procesos de apoyo a los distintos departamentos de la empresa a través de big data, cuenten en las ventas con más escollos de la cuenta. Es como si la verdadera razón del esfuerzo de la transformación digital (lograr más beneficios mediante las ventas al fin y al cabo) fallara de forma sistemática. Las razones, según analiza Mckinsey, son que “la primera línea (de ventas) no confía en los datos, creen que los conocimientos son demasiado complejos o simplemente sienten que su propia experiencia y conocimientos están siendo ignorados”.  Ajustar lo mejor posible el uso de los datos para que auxilien todo el proceso de ventas, parece determinante, así como fijar objetivos de ventas (avaladas por datos) para períodos de tiempos muy concretos (días o semanas).

Operaciones: efectivamente, las operaciones son el apartado que mejor comprende y utiliza la información que nos ofrece la analítica de los datos. Es decir, la producción es más proclive a atender y ejecutar las decisiones que nos propone big data. Es más, los procesos productivos nos ofrecen mucha información cambiante (según la distribución y atención al mercado) que nos permiten ir “entrenando” los algoritmos para ajustar al máximo las decisiones en función de las peticiones de nuestros clientes. Las operaciones están gobernadas históricamente a través de los sistemas de información, por lo que cualquier cambio para aclimatarse al big data es más sencillo que para los equipos de ventas.

Estrategia: la estrategia es la visión presente y futura en función de la cual hay que marcar plazos, hitos y filosofía para desarrollar la innovación y los cambios que se hacen necesarios en varios sentidos: inversión en tecnología, organización y formación de los recursos humanos, así como la ejecución de cambios en el modelo de negocio. La estrategia es una decisión de la dirección que necesita el apoyo de los denominados agentes del cambio, que son los profesionales que trabajan en diferentes departamentos de la empresa y que claramente hacen una apuesta por llevar a cabo la transformación digital.

Las empresas están en una permanente revisión. Y no solo se trata de incorporar el big data, existen nuevas propuestas que cuando menos tienen que ser consideradas. Hablo de, por ejemplo, el blockchain como propuesta para un cambio en la manera de desarrollar los procesos y como alternativa de gobernanza de unas organizaciones más transparente. No quiere decirse que este enfoque haya que adaptarlo inexcusablemente, pues aún está sometido a pruebas. La continua aparición de conceptos, tecnología y desarrollos como la inteligencia artificial, exigen también cierta prudencia de tal manera que la empresa vaya incorporando cambios que tienen que ser justificados en función de si los resultados que obtenemos son buenos o malos. Estamos en permanente ebullición. Y es por ello que se impone acierto en las elecciones de lo que queremos implementar y prudencia para no precipitarse en exceso. Equilibrio complicado, pero necesario.

 

Mercadona y el cliente digital

Este artículo se publicó en El País el pasado 3 de febrero. Aquí lo puedes ver.

”Nuestra web es una mierda”. Todavía retumban y se recuerdan las palabras pronunciadas por Juan Roig en la presentación de los resultados de Mercadona en marzo de 2017. La expresión, que sonó a trueno, es atribuible a las muchas incógnitas que plantea la revolución digital. La gran diferencia es que Mercadona transita esos derroteros desde una base muy sólida de rentabilidad: 21.623 millones de euros facturados en 2016 con 636 de beneficios netos aunque la venta online solo le reportó un 1% del total de las ventas. Otras empresas, sin embargo, persiguen los cambios tecnológicos como recurso milagroso para prosperar en el corto plazo.

Verdaderamente no existe un reto tecnológico como tal, o por lo menos no en exclusiva. Para Mercadona indagar en la tecnología es una evolución lógica en su fórmula clásica de conocer, conectar y convencer al público. Usando su jerga, se trata de seguir sirviendo eficientemente “al jefe”, que es como se conoce internamente al cliente que cada vez es más digital.

Capacidad de adaptación es otra seña de identidad potente de esta empresa, de la que hizo gala durante la crisis económica. Y visión estratégica de futuro por etapas a fin de alcanzar los objetivos marcados. El pulso de las empresas tecnológicas, como contraste, denota velocidad en la toma de decisiones ante un entorno muy cambiante. Es la corriente que emana del entorno de Silicon Valley, con sonados casos de startups que ganan miles de millones y los pierden de la noche a la mañana.

Mercadona tiene un equipo de inteligencia de unas 350 personas que trabajan en el área de prescripción, dentro de una plantilla de unos 90.000 empleados. Su misión es conocer mejor al comprador para acertar en los productos que luego puede demandar. Esto, junto con los centros de coinnovación (donde se reproducen lineales y se interactúa con clientes) son sus fórmulas para definir la política de relación con proveedores.

La alternativa que ofrece hoy el ecosistema tecnológico es el big data, algoritmos entrenados para analizar información infinita que se reduce luego a pocas claves que favorecen la toma de decisiones. Analizar y analizar los datos, esa es la tendencia. No solo para el comercio electrónico. Las tiendas inteligentes son la otra baza de la transformación digital en el sector, con apoyo en machine learning e inteligencia artificial (robots que deciden autónomamente). Juana Roig, hija del presidente de Mercadona, lidera una spin off de la compañía en la que, “con total libertad”, se diseccionan a buen seguro todas estas tendencias y sus aplicaciones en la empresa.

El supermercado de proximidad, el tendero con delantal de toda la vida, la satisfacción plena del público son señas de identidad grabadas a fuego en Mercadona que le han permitido erigirse en líder en España y referente mundial. Por esa razón, los pasos que esta cadena de supermercados valenciana da para interpretar el guión cambiante de la revolución digital, son observados al milímetro. Mientras, suena su mantra: sin aceleraciones pero sin despistes para servir como siempre “al jefe”, que se nos hace digital.

Más control de los datos de las personas y una mayor autonomía de las máquinas, claves del avance de la economía digital

La evolución de la economía digital se soporta mediante dos pilares: los datos de todo lo que nos rodea (y especialmente las personas) junto a unas máquinas que cada vez son más inteligentes y que, fruto de esa inteligencia, obtienen unos niveles de autonomía que pueden llevarnos a una dependencia absoluta de los humanos hacia ellas. Es el horizonte que parece se va vislumbrando para el futuro que tenemos por delante. El hecho es que estamos consiguiendo poco a poco que se puedan hacer muchas tareas a través de la puesta a punto de una programación y de unos algoritmos entrenados para efectuar muchas operaciones necesarias en nuestro día a día. Ante este panorama, hay gente que se está planteando, que si una de las bases de la economía digital son los datos de las personas, por qué estas no pueden cobrar por dejar que las empresas los exploten.

 

Me resulta interesante la experiencia que en 2016 puso en marcha Telefónica, a través de una plataforma que desconozco a estas alturas si llegó a buen puerto, cuyo objetivo era lograr que sus clientes pudieran aspirar a cobrar o bloquear los datos que de ellos tienen empresas como Google o Facebook. ¿Demasiado? Pues sí, demasiado, entre otras razones porque esta propuesta de la multinacional española se centra en un entorno de claro enfrentamiento entre las compañías de telecomunicaciones con las generadoras de contenidos, dado que estas usan las infraestructuras de telecomunicaciones sin pagar y rentabilizando los datos de sus usarios. Un año después, en 2017, Telefónica presentó en el World Mobile de Barcelona la plataforma Aura, en la que según informó la misma compañía han invertido 46.000 millones de euros para, entre otras muchas otras funciones, tener “control de sus datos personales, facilitándoles además el descubrimiento de nuevos usos para ponerlos en valor y todo ello a través de múltiples canales y dispositivos”.

 

Tener control sobre los datos personales es una aspiración lícita que cualquier estado de derecho debe garantizar plenamente a sus ciudadanos. El problema es que las maquinarias administrativas, dada su velocidad, siempre llegan tarde cuando las compañías de internet ya han más que dominado una determinada tecnología de control de datos y están en disposición para avanzar en otra mucho más sofisticada que le pondrá de nuevo las cosas difíciles a la administración. Las plataformas tecnológicas compensan a los usuarios permitiéndoles el uso gratuito de algunos de sus servicios. La pregunta es si es eso suficiente. El coste por persona de, por ejemplo, un servicio gratuito de correo electrónico muy probablemente sea inferior a lo que logra rentabilizar esa misma empresa por el uso de los datos de ese usuario.

 

La economía digital tiene varios líderes en el uso cada vez más sofisticado de los datos. Los más destacados podrían ser los referidos Google y Facebook, a los que hay que unir claramente a Amazon. La empresa de Zuckerberg está siendo motivo de noticia en estos días porque justamente ha cambiado el algoritmo que regula el uso de esta plataforma por parte de los usuarios. Y hace una distinción entre personas y marcas. Facebook quiere ahora incrementar las interacciones entre personas y dificulta el crecimiento de las marcas, a las que ya no les interesará publicar muchos contenidos puesto que la plataforma no favorecerá el crecimiento orgánico de la marca por esta razón, lo que le obligará a pagar la publicidad de Facebook si quiere llegar a su público objetivo.  Con la promoción de las interacciones entre los particulares, se generarán más datos y Facebook logrará conocer mejor los gustos o hábitos de sus usuarios.

 

Tenemos ante nosotros un reto interesante. Dependerá de los acuerdos que se lleguen y de las prácticas que se impongan para que la economía digital se construya de una manera o de otra. Tengo claro que va a ser determinante la importancia que las personas demos a nuestros propios datos. A estas alturas, se puede decir que la tendencia es hacia una cierta dejadez, con lo que quiero decir que no suele importar mucho lo que hagan con nuestro “ADN digital”. Si me pongo a mi mismo como ejemplo, me considero bien correspondido con las herramientas que me dejan usar gratuitamente. También es cierto que procuro estar muy alerta para que no consigan con mis datos usos para los que no estoy de acuerdo, ¿Es fácil? Entiendo que no. Mi única respuesta es reactiva, rechazando aquello que me ofrecen y que no me interesa.

 

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