Economía de la colaboración: ¿si no colaboramos, que alternativa nos queda?

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El tiempo marca esa nueva pauta. Las personas, más activas en el mercado y en la nueva orientación de la economía, están eligiendo. Su elección se centra en precios más bajos y en el mantenimiento de unos niveles oportunos de calidad. El escenario que estamos creando, con una base clara tecnológica, pone en el mercado ofertas novedosas frente a las tradicionales de servicios como hoteles o taxis que son difíciles de obviar.

El tiempo y la evolución actual nos sitúa a todos ante evidencias como que nuestros productos y propiedades tienen más capacidad de uso de la que les damos y, por otra parte, nos determina que la tecnología digital a nuestra disposición lleva aparejada la posibilidad de conectar y compartir.  Frente a estas constataciones, la alternativa que nos propone la actividad tradicional es dejar las cosas como estaban. Según esta visión, deberíamos seguir comprando productos o servicios que no se ajustan verdaderamente a nuestras necesidades, lo que nos impide distribuir como nos plazca nuestras opciones de compra o alquiler.

La reciente decisión de la Generalitat de Cataluña de multar con 30.000 euros a Airbnb, nos saca a la luz un dato interesante, que publicó el Periódico de Cataluña: “según un estudio de la consultora Dwif Consulting, el alquiler de pisos turísticos aporta 128 millones de euros a Barcelona cada año. Además, los turistas que eligen un piso turístico más barato se quedan más tiempo en la ciudad y distribuyen su gasto de manera distinta”.

La clave está en los bajos costes (un piso turístico es más barato que una habitación de hotel, de momento) y en otorgar al consumidor la posibilidad de distribuir sus gastos de otra manera con la opción añadida de generar más actividad económica en otros sectores. Si los hoteleros se quejan ( y es sumamente comprensible) de que pueden perder volumen de negocio, el entorno económico puede contestarle (si fuera posible) que eso posibilitaría la opción de que otros agentes económicos de otros sectores (restauración, tiendas, museos, ocio…) puedan ver incrementados sus ingresos. Además, hay que tener también en consideración la obligación de los negocios hoteleros de adaptarse al nuevo escenario, como está ocurriendo con la música o los medios de comunicación.

Los procesos de modificación en los sectores tradicionales no son por capricho. El cliente tiene derecho a elegir y si su elección pasa ahora por la economía de la colaboración, dado que ofrece mejores precios fundamentalmente,  ¿por qué parar esa nueva posbilidad? Efectivamente, la principal razón esgrimida es la falta de regulación de los nuevos actores del mercado. Pero ya se van dando casos, como el Uber, empresa aceptada por el organismo que regula el transporte público en Londres, una de las ciudades más grandes de Europa y de las más influyentes del mundo.

La posibilidad de compartir es esencial en la economía digital, una acción que se puede detectar en el sentido contrario al de las personas, y me refiero a las empresas que se nutren de ideas de la gente que les permiten mejorar productos y entender mejor a su mercado y de esa manera incrementar sus resultados. Es el caso, entre otros de Procter and Gamble , o el de Starbucks. Esta visión de las propuestas de colaboración, entra también dentro del ámbito del open source, del que participan empresas tan importantes como IBM.

El mundo cambia y la economía también. Las personas disponen ahora de más influencia en los mercados y de más posibilidades entre las que elegir. Por eso, resulta difícil creer que fenómenos de nuevo cuño como la economía de la colaboración puedan ser frenados, y desde luego que nunca con propuestas inmovilistas que pretenden dejar igual el tablero de juego que ya en nada se parece a aquel que muchos negocios intentan agarrarse.

El tiempo y la evolución actual nos sitúa a todos ante evidencias como que nuestros productos y propiedades tienen más capacidad de uso de la que les damos y, por otra parte, nos determina que la tecnología digital a nuestra disposición lleva aparejada la posibilidad de conectar y compartir.  Frente a estas constataciones, la alternativa que nos propone la actividad tradicional es dejar las cosas como estaban. Según esta visión deberíamos seguir comprando productos o servicios que no se ajustan verdaderamente a nuestras necesidades, lo que nos impide distribuir como nos plazca nuestras necesidades de compra o alquiler.

 

 

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