La formación permanente nos garantiza la mejor adaptación a una sociedad cada vez más hecha a la tecnología

El mundo de lo digital es rápido, sorprendente, complejo y muy diferente a lo que estábamos acostumbrados como civilización, ya que nos coloca a la mayoría de los ciudadanos actuales en un plano de involucración permanente, de tal suerte que nuestra evolución como personas en todos los ámbitos depende, de forma creciente, de lo que hagamos o no con la tecnología. Casi podríamos decir que no somos nada si no contamos con algún tipo de vinculación con algún artilugio o proceso tecnológico. Esta constatación de nuestros días se caracteriza por una razón más: en la medida que somos más dependientes de la tecnología, si no la comprendemos aunque sea a un nivel básico, no seremos capaces de conseguir la mejor adaptación al medio y por lo tanto no obtendremos los mejores frutos.

Estamos consolidando lo que podríamos denominar como “homo tecnologicus”. Pero esta asignación no es una mera etiqueta, pues requiere como se puede comprobar una comprensión y un uso en condiciones de las herramientas que utilizamos. El concepto “analfabetismo digital” no es cualquier cosa. Igual que históricamente sin saber leer o escribir, cuando menos, éramos unos analfabetos y como nefasta consecuencia, no éramos capaces de mínimamente manejarnos en esta vida. Ahora sin unos conocimientos básicos para operar en dispositivos, aplicaciones, webs…, estamos limitados en nuestro desenvolvimiento e hipotecamos nuestro desarrollo.

La única manera de conseguir unos conocimientos mínimos para estar al día y no pasar por un inadaptado tecnológico es la formación. Esta condición es válida no solo para cualquier persona de a pie, sino que se multiplica y amplia bastante si lo miramos desde el punto de vista profesional. En este plano la obligación es si cabe mayor puesto que lo que es una decisión libre si lo vemos desde un punto de vista personal, se convierte en una obligación desde la perspectiva profesional. Y no se trata de una consideración propia del management, sino más bien de la visión práctica más rotunda. Así las cosas, para cualquier persona que quiera iniciarse en el mundo laboral, el dominio básico de algunas herramientas tecnológicas es algo tan básico que a nadie se le ocurre no poner en su currículo cuáles son sus credenciales en este apartado.

Parece obvio que no se trata de una imposición. Más al contrario, es una consecuencia de una vida cada vez más hecha a la medida de la tecnología que tiene su mayor impulso a través de la presencia activa de las personas en las redes sociales a título particular. Estas mismas personas tienen un bagaje que les permite tener una mejor sintonía cuando las empresas enfocan sus esfuerzos en los procesos innovadores. Evidentemente con eso no es suficiente, pero es un mínimo común que puede valernos como punto de partida para avanzar desde dentro de las organizaciones.

La formación es una garantía de futuro para estar adaptados al cambio permanente en el que estamos instalados. Veámoslo esto que digo  desde el punto de vista de la empresa. Gracias al conocimiento actualizado de lo que está ocurriendo, la empresa puede tener un criterio bien formado y la capacidad de discernir el valor de lo que vendrá y de lo que ya, de hecho, está viniendo. El estar al tanto de las novedades nos permite saber discernir entre lo que nos conviene y lo que no; entre lo que es útil para nuestros intereses y lo que mejor dejamos. Hay que pensar además que los movimientos en las creaciones tecnológicas son tantos y tan contínuos que nunca lograremos saberlo todo, pero sí conseguiremos tener la capacidad para buscar ayuda en el caso de que la necesitemos y, quizás lo más importante, lograr la capacidad de enfocar de forma acertada el tránsito por este mundo de mejoras permanentes.

Con una visión más propia del negocio, de lo que nos conviene o no para conseguir nuestros objetivos de rentabilidad, junto a una formación permanente en los avatares tecnológicos, estaremos mejor preparados para cuestiones como:

  • mejor visión para acometer inversiones tecnológicas, pensando en el medio plazo (de tres a cinco años).
  • mejor preparación para la búsqueda de la financiación, sabiendo defender las razones que nos pueden avalar para justificar las inversiones.
  • más preparación para definir nuevos modelos de negocio.
  • liderar el cambio en nuestras organizaciones, funcionando como evangelizadores para ir reclutando voluntades de las profesionales de nuestra organización.
  • capacidad para fijar las bases de una organización de los recursos humanos en un proceso de adaptación para una mejor respuesta a las novedades y los cambios del entorno digital…

Parece bastante evidente que concluyamos, como en cualquier aspecto de la vida de las personas y por ende de las empresas, en la necesidad de aceptar lo imposible que es tener garantías de que con la formación y el conocimiento tendremos el éxito asegurado. Está claro. Pero no es menos claro que sin esa formación y el conocimiento el devenir de los acontecimiento te sitúa afuera. Es lo que veíamos más arriba con relación al analfabetismo digital. Tampoco podemos aislarnos y darnos de baja del movimiento constante, de tal manera que no con solo unas cuantas nociones sobre tecnología, creamos que ya está todo hecho, porque también nos situaremos afuera más pronto que tarde. La actualización de lo que aprendemos y estar pendiente de lo que va apareciendo son actitudes necesarias también. La cuestión, por lo tanto, es que no podemos permitirnos el cruzarnos de brazos.

 

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