Aunque invierta en tecnología, la empresa tradicional pone freno consciente o incoscientemente al cambio digital

En este post me quiero centrar en las empresas comunes y corrientes, permítaseme la expresión,  que se dedican a desarrollar sus actividades en los sectores tradicionales. Mi afirmación sobre ellas, en el actual entorno, es que no tienen, ni en sueños, la idea de convertirse en empresas tecnológicas, cuando la transformación digital les exige su conversión en tales. Aunque hablemos de un tipo de empresa, por ejemplo, que se dedique a la elaboración de muebles de época, sus productos no pueden ser la excusa para lastrar la orientación hacia el cambio digital. Sin embargo, esto que afirmo es más bien teórico pues lo que se suele dar con más frecuencia es que las empresas, o bien no entienden de qué va esto de la innovación o bien se agarran “a un clavo ardiendo” por miedo a cambiar y que les vaya mal, (es aquello de “virgencita que me quede como estoy”).

Como consecuencia de los enfoques desactualizados por así decirlo, los gestores de las organizaciones, de forma consciente o inconsciente, ponen freno a la apertura hacia la innovación. El enfoque digital se ve como un paso inevitable pero se suele analizar con puntos de vista y criterios anticuados. Por eso, y como señalaba Agustín Madariaga en una entrevista para mi blog, se trata de concebir el cambio cualitativo antes que entrar con precipitación a realizar costosas inversiones tecnológicas. Es muy probable que muchos directivos se queden boquiabiertos con los beneficios que prometen las nuevas tecnologías. La presencia permanente de un estado de opinión pro-tecnología, hace que se señalen las ventajas de la transformación digital antes que sus desventajas, que por supuesto tiene.

Un buen consejo es que los responsables de las compañías hagan la reflexión de cómo están cambiando sus empleados y, sobre todo, los clientes. Las personas están comprobando como sus vidas se ven cada vez más influidas por internet y las tecnologías en torno a la red. A través de los nuevos usos y hábitos, se provocan transformaciones en la forma en la que trabajan los empleados, por un lado, pero especialmente en la manera en la que los clientes se involucran. Por empezar por los trabajadores, en el caso de los más jóvenes sobre todo, se hace más común desarrollar proyectos con ayudas de plataformas interactivas, tipo Slack o el uso de los smartphones como instrumentos de conexión permanente.

Los clientes se están vinculando más y más hacia el comercio electrónico y a trasladar sus puntos de vista a través de las redes sociales. Las costumbres de compra se están alterando porque, aunque se realicen por los canales habituales (mercados, tiendas de barrio, grandes superficies…) es común, por ejemplo, que se compartan para bien o para mal por las redes sociales, y eso tiene sus implicaciones como todos sabemos. La aparición de Apps de las empresas tradicionales o sus ofertas online, implican cambios en sus operaciones que obligan a los dueños de los negocios a revisar sus planes. Su acción en el presente es reactiva, es decir los clientes me obligan a cambiar. Pero lógicamente hay que pensarse el futuro siendo proactivos.

En el último informe de Alphabet sobre el estado de la transformación digital se detectan varias evidencias. Por ejemplo, que las empresas (y se refiere a las grandes y de los EEUU en su mayoría) evolucionan a trompicones. Se dan pasos forzados por los acontecimientos, pero sin tener con claridad cuestiones tan importantes como la visión estratégica en el largo plazo. La entrada en la era digital implica claramente que la transformación digital, o como se le pueda llamar más adelante, nunca se podrá dar por concluida. El referente ante las cambios presentes y futuros, como veíamos más arriba, es especialmente el cliente y su conocimiento en profundidad.

Pero claro, aunque de la observación de ambos podamos sacar conclusiones interesantes y necesarias, la parte más difícil es sin duda la construcción de una nueva empresa dentro de la ya existente. Es aquí donde los gestores se la juegan, pues una vez estudiados clientes y empleados, toca tomar decisiones de producto y operaciones que no valen exclusivamente para el día a día, sino que son los pilares de la empresa verdaderamente digital. Digital, lo que significa por lo tanto tecnológica. La influencia de las máquinas y la visión de la empresa dentro de una fase diferente a la industrial, deben ser perspectivas suficientes para “cambiar el chip” definitivamente, y nunca mejor dicho. Al fin y a la postre somos hijos de un nuevo tiempo en la historia, y debemos asimilarlo para entender mejor qué está ocurriendo y proponer soluciones a los retos inéditos que se nos plantean continuamente.

 

Sin comentarios todavía.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


A %d blogueros les gusta esto: