La regulación aprieta al negocio digital

Europa y sus instituciones son probablemente alguunos de los principales exponentes en la línea de regulación del negocio digital. La última expresión de esta tendencia es la comunicación a Uber  por parte de uno de los abogados de la Unión Europea (UE) de que los conductores relacionados con esta empresa pueden ser obligados por los 28 Gobiernos de la zona a que tengan permisos para desarrollar su trabajo, como ocurre con los taxistas. Esta argumentación no supone ningún tipo de obligación hacia los Ejecutivos europeos, pero sí emplaza en cierta medida a que el Tribunal de Luxemburgo determine si Uber es una plataforma intermediaria que pone en contacto a conductores y clientes o una empresa de transportes con conductores con los que les une algún tipo de relación laboral.

La tendencia de otras empresas como son los casos de Amazon o Google se acerca a las prácticas monopolísticas, como también se ha encargado en denunciar la UE, sobre todo dirigida contra la compañía del buscador. En cuanto a la plataforma de ventas, propiedad de Jeff Bezos, analistas como Sangeet Paul Choudary, hablan en términos rotundos en su artículo The dark side of platforms. Este experto denuncia la forma en la que este tipo de plataformas marca una línea de control de acceso de proveedores a través de su sistema de ventas en condiciones muy severas. La competencia queda muy limitada desde el momento en el que las plataformas de éxito como Amazon recogen los beneficios del crecimiento de la red a través de políticas favorables para sus clientes como la facilidad a la hora de devolver productos.

La cuestión es que una cosa es el negocio digital y otra muy diferente la economía tradicional. Y bajo mi punto de vista, se trata de una diferenciación difícil de mantener por mucho más tiempo. Realmente nos encontramos en un proceso evolutivo de tal suerte que las empresas tradicionales están obligadas a irse digitalizando, mientras que las empresas nacidas en la era digital tienen que aceptar las regulaciones, puesto que los sectores tradicionales no van a aceptar fácilmente perder algunos viejos privilegios. Luego está la aplicación del sentido común, de tal manera que no es aceptable que los negocios digitales puedan partir de unos preceptos novedosos para finalmente llevar a cabo una competencia tradicional.

La economía de la colaboración plantea propuestas beneficiosas para los consumidores, dado que les permite rentabilizar sus recursos, como por ejemplo las viviendas (Airbnb) o los coches (el caso de Blablacar). La reacción más común, que se observa muy claramente en el sector turístico, es cuando las empresas hoteleras o las mismas administraciones se enfadan en el momento en el que comparan las obligaciones fiscales de unos y otros. ¿Deben las personas que alquilan una habitación, pagar tasas como  un hotel? No creo que sea una cuestión a la que deban responder los consumidores que comparten sus recursos, pero sí desde luego las empresas intermediarias como son las plataformas al fin y al cabo. Y lo interesante del asunto es que algunas de estas no se oponen, como es el caso de la citada Airbnb. El problema podría estar en la dificultad legislativa para armonizar intereses y por lo tanto la lentitud a la hora de resolver los problemas.

Lo que si resulta muy claro es que internet como base de los negocios digitales no se va a detener lo que, por lo tanto significa que seguirán apareciendo nuevas propuestas, nuevos servicios, mientras que los propósitos reformadores irán siempre por detrás. Sin duda los beneficios de los usuarios van a ser determinantes para orientar este galimatías mientras se generen beneficios patentes. La pregunta que se puede plantear en este punto es si siempre habrá un pulso entre los viejos operadores y los nuevos. Probablemente haya algún momento en el que lo digital sea el común denominador que afecte a todo el mundo, aunque también pienso en que la movilidad a la que nos tiene acostumbrado internet me permite dudar sobre esta afirmación.

Está claro, para acabar, que la regulación está apretando al negocio digital. Y no considero que sea algo negativo, sino obvio cuando se trata de vivir en sociedades estables. El escollo puede presentarse cuando se persigue paralizar empresas innovadoras sobre la base de viejas leyes. Las normas, por lo tanto, también se tienen que actualizar, al igual que los negocios de toda la vida que no pueden pretender el sobrevivir cerrando puertas y permaneciendo en la exclusividad, como es el caso de los taxistas que expresan en ocasiones una oposición furibunda ante los nuevos servicios. En resumidas cuentas que todo el mundo debe entonar parte de “mea culpa” y ajustarse al panorama emergente, eso sí marcado por la línea digital.

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