Del protector de datos al evangelizador

Está más que confirmado: todo cambio tecnológico en nuestros días lleva aparejado períodos de evangelización, lo cual justifica la presencia de evangelizadores lógicamente. Y es en eso en lo que se justifica la aparición de los predicadores del big data. La cuestión es que los descubrimientos llegan antes para algunas personas que para otras, y son aquellas las que se disponen a difundirlos a diestro y siniestro. Como visión añadida, podríamos afirmar que en la actividad de las empresas estamos pasando desde una clara inclinación a custodiar los datos y que no se enteren de los mismos nada más que un número limitado de personas, hasta la difusión de los mismos para llevar a cabo un estilo de gestión más participativo.

Resulta llamativo cómo los distintos entornos económicos avanzan a distintas velocidades. En el grupo de los que van en cabeza en esto del big data,  los datos llegan, incluso, a convertirse en un commodity. Esto significa, diciéndolo de manera gráfica, que “el kilo de datos” cada vez es más barato cuando sin embargo para otros son material que ha de guardarse “bajo siete candados”. La perspectiva más determinante con respecto a guardar o compartir, no es tanto la detección de silos repletos de datos en torno a una marca, empresa o lo que sea, sino la selección de los  que verdaderamente determinan el devenir de cualquier acontecimiento analizado. Es pasar del enfoque global del big data al del small data. Y es en ese ejercicio de depuración en el que se instala el éxito o fracaso de cualquier operación de analítica de datos. Para muchas empresas, todavía, esto de lo que hablamos suena a ciencia ficción sin duda. Lo que pasa es que estamos refiriéndonos a distintos niveles de evolución.

Podríamos decir que existen tres ámbitos de uso del big data: mejora de los procesos internos de las compañías, asumiendo que la toma de decisiones se basa en datos; elaboración de productos y desarrollo de servicios sostenidos mediante datos; y por último, la venta de datos a terceros. En el primero de los ámbitos de uso del big data nos referimos a la relación creciente con actividades como la comercial; o también de la connivencia entre el uso de los datos y las mejoras de productividad y eficiencia, por poner dos ejemplos más. El segundo se refiere a la conexión entre producto o servicio con clientes, a través del uso del big data, para resolverles algunos problemas que se le puedan plantear a los clientes. Es por ejemplo, aportarle detalles de su enfermedad a un cliente que compre un determinado medicamento contra la diabetes. El tercero es fácil de comprender, los datos hoy en día se valoran y las empresas pueden venderlos a terceros, obviamente teniendo en consideración las legislaciones que rigen en cada territorio sobre este tipo de prácticas.

Hasta aquí podríamos decir, exponemos una situación en evolución. Como contraste habría que subrayar la existencia de dos tipos de frenos que se dan con bastante asiduidad. El primero es el freno mental. Para muchos gestores y profesionales, compartir información es poco más o menos que un pecado y una barbaridad. Con ese comportamiento se paralizan muchas iniciativas innovadoras. Parece mentira pero no es una cuestión menor, ya que el uso de la tecnología no lleva implícito asumir una dinámica de compartir información. Y no es de extrañar puesto que el no compartir información es realmente un  comportamiento ancestral, pues la información siempre ha estado aparejada al control. Situarse en el plano contrario no es sencillo, aunque desde la perspectiva del evangelizador sea un paso obvio. Muchas empresas no dan saltos adelante porque se sienten paralizadas por carecer de la perspectiva adecuada en esto de gestionar analizando datos y compartiendo información.

A pesar de todo, si se llega a contar con la mentalidad adecuada, el trabajo que queda por delante no es menor tampoco, ya que hay que organizarse y trabajar de otra manera más allá de las inversiones en tecnología. Para alcanzar este punto dentro de la evolución, no solamente hace falta ser evangelizador. Se hace necesario hacer gala de una serie de decisiones muy firmes desde la dirección puesto que podríamos decir que, en buena medida, tenemos que poner la empresa “patas para arriba”. La visión necesaria es para el largo plazo, pero hay que ir dando pasos en el corto. Además hay que tener en consideración la necesaria capacidad de adaptación permanente dado que una de las características de los procesos de transformación digital es que nunca terminan, pues siempre aparecen novedades.

La única constatación es que si la empresa quiere competir lo mejor adaptada posible al entorno, es que hay que abrazar estaa nueva cultura que sobre el big data. Desde ese lugar de partida, hay que asumir que el camino no es fácil. Además no podemos tampoco pretender que se abandone de un plumazo cómo se hacían las cosas hasta ahora. Es más, habrá muchas decisiones que se sigan tomando por intuición, pues los datos son importantes, pero tampoco lo son todo. Todavía las máquinas no han llegado a distinguir determinados matices. Aún la información no es la base para gestionarlo todo, sobre todo porque los seres humanos seguimos comportándonos a veces fuera de los patrones lógicos, lo cual también tiene su encanto.

 

Lecturas sobre este tema

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