El efecto Wikileaks pone a prueba también la transparencia y coherencia de las empresas

Wikileaks está pasando como un tsunami por la vida política internacional en las última semanas y meses. Hasta este momento, vemos como se ha establecido una especie de enfrentamiento que ha coaligado, de una parte, a periódicos (muy fundamentalmente los que están gestionando las exclusivas, entre los que está El País en España) junto a los internautas y defensores de la web social (entre los que me incluyo); teniendo por otro lado las administraciones de medio mundo con la norteamericana a la cabeza, a las que se les han sumado empresas muy importantes como Bank of America Visa, Mastercard, etc,

Efectivamente, suena como una pugna entre los que gestionan y usan la información contra los que tienen el poder político y económico, que llevan incluido poder también en la gestión de información a través de los medios en los que influyen. Así visto es una lucha desigual, una especie de David contra Goliath, de la que sin embargo no habrá que esperar ni vencedores ni vencidos, por lo menos no en el corto plazo.

Lo que sí se debe considerar es que la sociedad, que está cambiando a marchas agigantadas dada la incidencia especialmente de internet y de su protagonismo creciente de las personas en él,  toma debida nota del asunto Wikileaks de estas fechas. Desde luego, puede que la cosa quede aquí y que, pasada una temporada, este caso y su promotor, Julian Assange pasen a un segundo término, y aquí paz y mañana gloria. Pero puede también que, con Wikileaks, no se haya más que iniciado una nueva dinámica que puede que cambie de nombre, pero no en cuanto a las consecuencias. De hecho ya han aparecido nuevos movimientos que actúan de forma similar.

Bajo mi punto de vista, parece bastante patente que las personas en general no dejan de apostar, una vez experimentado, por aquello que conecta con su forma de entender la vida y, para los ciudadanos y consumidores, puede resultar un derecho irremplazable saber qué es lo que se cuece en las bambalinas del poder, especialmente en el apartado político, en el que se suele abusar del doble lenguaje. Esa percepción de las personas de a pie, obviamente en las sociedades realmente democráticas y con recursos, devendrá en la exigencia de mayor transparencia y coherencia. Ya digo que puede que no por Wikileaks, que puede que desaparezca de la faz de la tierra, sino por el hecho de que la red hoy permite la repetición de hechos similares, una y otra vez, a mayor o menor escala. La reacción del poder, así en general, va a ser, está siendo, poner límite y evitar que hechos como estos se vayan a producir más veces. Esta misión es realmente difícil, puesto que como se dice muy habitualmente, el control de los mensajes en la era de la web social es básicamente imposible.

Pero este hecho tiene otra lectura que tiene que ver con el derecho a la privacidad. Yo desde luego no soy un experto, pero resulta patente que todas las personas físicas o jurídicas tienen un ámbito de acción inalienable en el que la irrupción puede considerarse delito. Este límite, en el mundo analógico, suele ser atravesado en ocasiones por la justicia, la policía o los medios de comunicación, siempre que se vayan a desvelar o subsanar actuaciones o hechos contrarios al bien general. Sería como los casos de los agresores de la violencia de género, es decir los que maltratan a sus mujeres. Hasta hace no mucho tiempo, se consideraba algo de la esfera particular de la pareja y ahora, está visto, que es algo que sobrepasa esa frontera.

Realmente lo que puede presidir esta etapa, que podemos estar inaugurando, es la existencia de una mayor transparencia que demanda coherencia. Yo creo que los ámbitos de la privacidad tienen que ser respetados para cualquiera, sea privado o público, persona u organización. Otra cosa es que haya una forma de proceder contraria al bien general. Los tiempos demandan transparencia y coherencia como afirmo, razón por la que las organizaciones tienen que hacer gala de ambos valores, de acuerdo con una dinámica social cambiante en ese sentido. Se trata de cumplir determinadas reglas que las leyes ya nos marcan, pero que en ocasiones se suelen orillar argumentando el amparo de las reservas propias del ámbito privado.

No es aceptable que bajo ese amparo se mantenga de forma permanente un doble lenguaje, que lo único que nos demuestra es el uso de la mentira para mantener un determinado status quo o formas de proceder. Sin embargo, la permanencia a lo largo de la historia de un doble carril, uno para dentro y otro para fuera, es tan humano que cualquiera lo practica. Y no es que eso esté bien, o mal, lo que pasa es que probablemente se haya aceptado y justificado en exceso hasta que haya podido llegar el momento de decir, hasta aquí hemos llegado. Por otro lado, creo firmemente en la fortaleza de la coherencia entre los distintos niveles de nuestra presencia. Ser y parecer lo mismo dentro que fuera para mi tiene un importante valor, un valor que otorga confianza. Me desagrada comprobar que, por conveniencia, se pueda actuar de forma dispar y, lo que es peor, yendo en contra de la verdad como algo natural.

Descarto completamente la posibilidad de que de que, con la irrupción de fenómenos como Wikileaks, tengamos que interpretar que viene un mundo idealizado, un mundo de cuento de hadas. Es tonto pensarlo. Lo que sí que creo es que las cosas cambian y evolucionan, y que la dirección de esos cambios (yo así lo pienso) tiene como fin superar nuestras imperfecciones y la de nuestras obras.

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