La imagen de las Olimpiadas no acabará con la sombra de la represión en China

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De manera transitoria, la imagen de China se beneficiará de las Olimpiadas, pero el peso de la represión del país emergerá una vez pase el efecto de la competición deportiva. Este viernes 8 de agosto de 2008 ( el ya afamado 08/08/08 ) comienzan efectivamente los Juegos Olímpicos de Beijing. La celebración de esta destacadísima convocatoria deportiva mundial, realmente la más importante de todas ellas, es considerada como una operación de imagen del régimen comunista chino hacia el mundo. Se piensa que durante estos días de competición, los chinos pueden trasladar al resto del mundo una imagen brillante que palíe sus dos principales lastres: el desprecio de las autoridades chinas a los Derechos Humanos y la autonomía del Tibet.

Bajo mi punto de vista, es muy difícil que esta destacada operación de imagen pública, borre de un plumazo la gran avalancha de críticas que durante años se han vertido contra las prácticas comunistas chinas, a pesar de la enorme mejora de este país en materia económica. Es más, va a ser muy interesante comprobar cómo se van a aprovechar las oportunidades para hacer demostraciones públicas contrarias al régimen: una declaración de algún deportista, una pancarta sacada in extremis en un determinado rincón…, como ya ha ocurrido horas antes de la inauguración:

El mundo desarrollado se ha plegado a las cada vez más evidentes muestras de poder chinas. Nadie ha querido molestar al Gobierno de Hu Yintao, si bien, a última hora, ha llamado la atención la declaración de George Bush en favor de las libertades y de los Derechos Humanos en China. Resulta obvio, a pesar de los pesares, que nadie es ajeno a las sucesivas violaciones de derechos, propias de las dictaduras. Así las cosas, la enorme maquinaria de imagen limpia que aporta una convocatoria como las Olimpiadas puestas en marcha hoy, no podrá erradicar la sombría proyección que cualquier régimen dictarorial emite.

La posibilidad de involucrar a China, como muestra de buena voluntad y armonía dentro del concierto internacional, representa la alternativa más bien intencionada de todas. No sé si es la más realista. Lo que sí creo es que para un país con 1.300 millones de personas al que los resultados económicos lo encumbran a marchas forzadas al selecto club de los más poderosos, un cambio político encaminado hacia la democracia no supone ninguna prioridad.

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