Una buena comunicación dura 30 años

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Aunque no se utilice ( y sea una contradicción en términos ) una buena comunicación dura al menos 30 años. Y lo he comprobado este fin de semana viéndome con unas personas que hacía esa cantidad de tiempo que no nos encontrábamos; y comprobando que el tiempo no había borrado, si no más bien lo contrario, la capacidad de estimarnos, alegrarnos y comprendernos.

Podría concluirse, desde la perspectiva de la Comunicación, que los lazos humanos bien trenzados duran y duran. Yo así lo he asumido, por primera vez en mi vida, después del encuentro con mis compañeros de clase del Instituto de San Roque (Cádiz) mi localidad de nacimiento, al que también acudió algún que otro profesor de la época.

Este fin de semana nos hemos visto unos 40 de ellos ( la gran mayoría de los que éramos) tras no tener ni remota idea de lo que pasaba con cada uno de nosotros, salvo remotas excepciones. El caso es que después de 3o años ó 10.950 días, que es lo mismo, hemos gozado de un encuentro que ha sido posible porque, a lo largo de todo ese tiempo, hemos seguido conectados aunque no nos diéramos cuenta. Y eso lo he comprobado porque hemos retomado nuestras vidas en común con tanta facilidad como los niños hacen sus nuevas amistades.

Realmente la vida no nos ha cambiado tanto desde aquellos días de clase, estudios, exámenes, amores, diversión, deporte… Los 30 años no han significado renuncia a ser lo que en nuestros tiernos 16, 18 años prometimos que seríamos sin palabras ni firmas. Todos hemos demostrado que hemos vivido, sufrido y amado, claro, pero que nada de eso nos ha mutado hasta el extremo de no poder reconocernos en quiénes pensábamos que éramos.

“Esto ha sido posible gracias a internet” oí decir a alguien en nuestra reunión. Y desde luego así ha sido. El medio que nos ha permitido reaparecer después de tanto tiempo ha sido la world wide web de la que no teníamos ni idea en nuestra época del instituto.

Prueba vital superada. El ser humano es sorprendente para lo bueno y para lo malo y yo este fin de semana, junto con mis amigos/compañeros del Instituto de San Roque, he sentido la mejor parte de este complejo y apasionante puzzle que supone vivir.

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