¿Quién quiere al miedo?

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Una periodista británica, especialista en Managament y habitual del Financial Times, Lucy Kellaway, ha escrito recientemente (lo leí en Expansión) esto que sigue: “El miedo es un factor clave para motivar a la gente”. En su columna del miércoles 15 de marzo cita a un tal profesor Roderick Kramer, del que destaca los siguientes cuatro consejos “para infundir temor” (sic):

  1. Intimida a la gente invadiendo su espacio personal
  2. Enfádate o finge estar enfadado.
  3. Mantén a la gente intrigada mostrándote hosco y en silencio; esto te permite cambiar completamente de opinión sin quedar mal.
  4. Infórmate de los hechos y, si no es así, finge que sabes lo que ocurre y habla con total convicción. Éste puede ser un juego bastante peligroso (fin de la cita).

Personalmente me sitúo en la posición contraria a la esgrimida por estas personas. No me merece la pena calificar su punto de vista. Sólo quiero razonar, brevemente, que en la Comunicación, centrada en entornos productivos, la alternativa del miedo no es válida. Puede y debe existir el respeto, el cumplimiento de objetivos y las medidas que corrijan comportamientos o acciones que transitan en la dirección contraria a la de la dirección. Pero nunca se debe estimular el miedo.

Desde la perspectiva de la Comunicación Corporativa, los resultados óptimos de los procesos productivos, se tejen a través del intercambio de información válida y necesaria con el fin de lograr los niveles de rentabilidad determinados mediante objetivos claros. El miedo comprime las dimensiones psicológicas del entorno (sobre todo en el plano interno, el de puertas adentro de la organización) al permitir que sólo circule un único punto de vista que se inyecta en el sistema mediante el temor. Esta forma de operar no enriquece, empobrece. Se basa en la validez de una sola perspectiva que, además, es inoculada en los cerebros de los demás mediante la imposición, al más puro estilo maquiavélico. Esas mentes, de esa manera, quedan limitadas o, peor, atemorizadas, congeladas y así no pueden aportar. No son válidas, son meras ejecutadoras de una única orden de alguien que no puede atribuirse la posesión de la verdad. Eso, sencillamente, no existe.

En un esquema político, las ideas difundidas por Kellaway entrarían dentro del modus operandi de una dictadura. Lo contrario, también desde la perspectiva política, sería una democracia… Pero ¿se debe gobernar una empresa como si de una democracia se tratara? La respuesta es no (desde luego en el sentido un hombre/una mujer un voto). La alternativa es más sutil e inteligente, menos ruda que la propuesta por la periodista británica. Hablamos de dirigir y, cuando se dirige, lo primero, es captar lo mejor de las personas y, lo segundo, aglutinar, cuantas más energías mejor, en pos de los objetivos de rentabilidad marcados.

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